sábado, 24 de junio de 2017

El verano de una vida

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 
Antonio Machado.


Mi infancia es el mar.

Los primeros recuerdos que tengo huelen a sal, en un paisaje donde el sol despuntaba sobre el horizonte de la costa de Almería y las palmeras hacían sombra en una arena que entonces era mucho más virgen que ahora. Sus alrededores no estaban tan disfrazados de edificios y, de hecho, el más alto de la zona se erguía solitario en una colina, vigilando imponente San Juan de los Terreros y guardando entre sus paredes mi infancia. Allí compartí techo con mi familia durante doce maravillosos veranos, los primeros doce de mi vida.

En un balcón del segundo piso yo también vigilaba el pueblo costero, correteando por el suelo de la terraza con los pies rojos del tinte que dejaban las baldosas. Mi infancia son las plantas de mis pies de color grana y mi madre advirtiéndome que no los subiera al sofá. Esos sofás que tenían un estampado en colores verdes con brochazos de amarillo y negro, y que eran tan frescos que cobijarse en ellos parecía el paraíso. Mi abuelo, en cambio, prefería una tumbona que, a la altura de mis recuerdos, tenía el cojín desteñido por el sol. La colocaba en una esquina del gran balcón y, como un capitán de barco, oteaba sus dominios. Mi infancia es mi abuelo tomando la fresca del verano en la terraza.

La playa de Terreros no puede creerse si uno no la ve con sus propios ojos un día bien temprano, cuando el sol alumbra tímido, la arena está aún impoluta y la marea tranquila. Se solían formar piscinas en la orilla, azul y transparente, de forma que uno se adentraba y volvía a estar sobre el nivel del mar. A esas horas uno se sentía dueño del Mediterráneo. Qué le voy a hacer si yo nací en él. Mi infancia son castillos de arena fina y mi madre levantando muros para defender la fortificación. El castillo de Lorca sobre la playa de Almería.

Con San Juan de los Terreros acaba Andalucía y empieza Murcia, y bordear el camino de la costa en coche con mis padres era divertido porque sabía cuándo pasábamos de una comunidad a otra gracias a las playas. Esta es murciana, y la siguiente almeriense. Pero, ¿y de quién es el mar? El mar era mío. Y de mi padre, que lo hacía suyo cuando le recitaba, una mano en el volante y la otra dibujando versos locos y disparatados en los que mi madre y yo éramos sus sirenas y musas. Mi infancia es mi padre conduciendo el Golf blanco y cantándole versos al mar con Sabina de fondo, por supuesto.

Anoche, como cada año, sonarían los festejos y brillarían los fuegos artificiales sobre el agua. La noche de San Juan allí era mágica y el tiempo parecía detenerse, como se detiene para mí cada vez que me adentro en esa tierra que tiene la llave de mis primeros recuerdos. Mi abuela trajinando en la cocina, y dándome un tazón de barro con leche y cereales. Mis tías jugando conmigo en la piscina y vistiéndome con sus ropas, pendientes y collares. Las cenas todos juntos en la terraza, y una felicidad que en aquel momento aún no sabía que era tal. Pero, sobre todo, mi infancia son los cuentos que mi abuelo me narraba cada día, que yo esperaba impaciente y le pedía ansiosa, y con los que insufló vida a mi imaginación y me convirtió, estoy segura, en quien soy ahora.

Mi infancia fue un precioso cuento de mar.



Dedicado a mis abuelos, que nos regalaron aquel hogar durante tantos años. 

domingo, 4 de junio de 2017

Sueña a lo (muy) grande V



lunes, 15 de mayo de 2017

Sueña a lo (muy) grande IV

Átomos ultrafríos que crean inimaginables estados de la materia, relojes atómicos cada vez más precisos… Wolfgang Ketterle habla del presente y futuro de la disciplina


miércoles, 5 de abril de 2017

Sueña a lo (muy) grande III

Mi entrevista a Santiago Pina Ros, único ingeniero de software español en WhatsApp

miércoles, 22 de marzo de 2017

Sueña a lo grande II


lunes, 13 de febrero de 2017

Sueña a lo grande





Hace dos años, estaba en el que sería mi último cuatrimestre en la Facultad de Matemáticas de Murcia, apretando los dientes para ganarle el pulso a las asignaturas que me quedaban, y sintiéndome perdida cuando se trataba de tomar decisiones sobre ese futuro inminente que se acercaba, en el que los muros de la universidad ya no me protegerían del mundo laboral, incierto y desconocido.

No ha sido fácil, y no sé exactamente en qué punto me encuentro ahora, pero jamás pensé que dos años después tuviera la oportunidad de emocionarme tanto por haber visto, más de cerca que nunca, algo con lo que siempre soñé.

Como matemática y como mujer, no puede haberme hecho más feliz aportar mi granito de arena al Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (11 de febrero). Porque sí, es necesario hablar de esto: la mujer ha estado históricamente relegada a un segundo plano, siempre por detrás del hombre; en particular, científicas e investigadoras han visto cómo eran sus maridos o sus colaboradores quienes se llevaban los méritos de sus descubrimientos. En la actualidad, la jerarquía científica sigue encabezada por hombres en la gran mayoría de los casos, y esto tiene que cambiar.

Encendamos la luz para que la mujer científica salga de la sombra y ocupe el lugar que merece por pleno derecho. 

Encendamos la luz para que la mujer pueda brillar, en todos los ámbitos, exactamente igual que el hombre.

Porque hay gente que aún no lo asimila (solo hay que leer algunas respuestas al reportaje, y comentarios muy desafortunados que circularon por las redes el sábado, y que circulan todos los días), pero los hombres y las mujeres somos iguales en derechos y responsabilidades. Iguales. Y punto.

Nosotras también tenemos derecho a soñar y a conseguir nuestros sueños. Pequeños, grandes, fáciles, imposibles. Da igual. La mujer tiene derecho a que nadie le corte las alas ni le tape los ojos, a que nadie le ponga trabas ni le quite oportunidades por el mero hecho de ser mujer. La mujer, y el hombre, y todos, tenemos derecho a soñar a lo grande.