jueves, 7 de enero de 2016

Caligrafía de rey

Tengo veinticuatro años y una inabordable cantidad de palabras escritas sobre el papel a mis espaldas.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que tracé una letra con un lápiz, pero me imagino que lo primero que mi madre me enseñó a escribir fue mi nombre. Mi nombre es de los difíciles, tal vez me llevó algún tiempo hacerlo perfectamente, pero sin duda fue algo socorrido. Recuerdo escribirlo por todas partes, con bolígrafos y rotuladores de colores; supongo que todos lo hacemos, queremos dejar nuestra identidad impresa, marcamos nuestra presencia con un nombre.
Fuera del colegio, los primeros textos que seguramente empecé a redactar fueron las cartas a los Reyes Magos; mis padres las conservan aún, y en ellas se ven faltas de ortografía y una letra irregular, redonda y gorda, muy marcada. En las cartas se aprecia como cada Navidad la caligrafía mejoraba, hasta que pasé a escribir también las cartas de mi hermano pequeño cuando él aún no sabía hacerlo. En una fecha las cartas se detienen, se rompe esa magia.
Mi siguiente legado escrito son cuentos infantiles para el colegio, y después para el instituto. Una letra más adolescente, muy recta: hacía trampa, utilizaba plantillas con líneas debajo del folio para guiarme. Era un proceso lento y cuidado. Yo era extrañamente paciente escribiendo, me importaba el aspecto además del contenido, y me ayudaba de la regla para subrayar los títulos.
Después, el aspecto empezó a darme igual y mi letra empeoró notablemente, hasta el punto de, según algunos, volverse a veces ilegible. Empezó la carrera por escribir más en menos tiempo, la urgencia en los exámenes por llenar más folios y, ya en la universidad, la necesidad obligada de alcanzar a anotar todo lo que salía de la boca y de la mano del profesor, que era más rápida en la pizarra de lo que lo era la mía en el papel.
Millones de páginas escritas. Apuntes, apuntes, apuntes. Cartas, postales, notas, diarios, agendas. Cientos de árboles talados para que yo, a lo largo de veinticuatro años, digamos someramente unos veinte, haya dibujado una caligrafía cambiante con la tinta de mi vida. Muy cambiante.

Me gusta contemplar la caligrafía de los demás. Hasta hay un arte que pretende deducir la personalidad que se esconde detrás del trazado escrito de alguien. No entiendo de eso, ni sé si me lo llegaría a creer. Sólo sé si me gusta cómo escribe alguien o no, si me inspira confianza su letra, si se me hace apetecible leerla, si encuentro bello un texto escrito de su mano; o, por otro lado, si es desagradable, sucia, demasiado picuda, demasiado curva, demasiado inclinada. Cuestión de gustos. A veces ver la letra de alguien es un aliciente en lo que me gusta de esa persona; otras veces, un detrimento.
Hoy en día, apreciamos muy poco la caligrafía de la gente, pues ahora todos escribimos igual: Times New Roman, Arial, Calibri, Monotype Corsiva, Georgia, Comic Sans MS. Estamos perdiendo una de nuestras señas de identidad, la manera única y personal en que nuestras manos trazan símbolos que componen las palabras que nos permiten comunicarnos. Nos volvemos más fríos, más planos, más anónimos.
En esta era tecnológica en que nos hayamos inmersos, al margen de los beneficios evidentes que nos han permitido los procesadores de textos, a mí sigue emocionándome profundamente ver una carta escrita a mano, una nota en la nevera, unas palabras detrás de una fotografía, una dedicatoria en la primera página de un libro.
La escritura a mano es caliente, late sobre el papel, nos hace personas. Escribirle a alguien es hermoso, especial, y, por eso, no hay nada que me emocione más ver trazado que mi propio nombre. Ese nombre que de pequeña me empecinaba en firmar allá donde hubiera un hueco; que incluso arañé en la madera de mi mesa de escritorio con unas tijeras, regañina asumida de mi madre; que es lo primero que escribo siempre en un examen, en una solicitud, en un trabajo. Mi nombre, pero escrito por una persona que me quiera.

Mi abuelo Manolo fue pocos años al colegio y ha trabajado muchísimo toda su vida. No ha tenido la oportunidad de llenar todos los folios que ya he llenado yo, aunque me triplique la edad. Pero ha escrito, sin duda, lo suficiente: se ha escrito a sí mismo. Ha apuntado las medidas de los muebles que fabricaba con sus manos, ha hecho inventarios en su fábrica y rellenado facturas, le ha mandado cartas a mi abuela mientras cumplía servicio militar en Sidi Ifni, y ha escrito en el aire los cuentos que me contaba de niña.
Yo lo he visto escribir pocas veces; lo hace pausadamente, con esmero, como si se esforzara en recordar. He podido ver su letra en su cuaderno de películas, donde anota todos los clásicos del Oeste que tiene grabados; en sus cajas de medicamentos, donde especifica cómo debe tomar las pastillas; en anotaciones en las instrucciones de algunos aparatos. No haría falta decirlo, pero me encanta su letra. Es bonita, tierna e imperfecta, casi temblorosa, y me hace sentir bien. Sobre todo, cuando cada 5 de enero, veo Patricia escrito por él.
Nunca me ha gustado especialmente la Navidad, pero cuando tenía la edad en que andaba garabateando mi nombre con colores, tenía un rey mago favorito, Melchor. Mi abuelo, si se la dejara, tendría la barba blanca, como él. Después de la inocente infancia, me di cuenta de que mi único rey favorito era y es mi abuelo.
Cada noche de Reyes desde que tengo memoria, y salvando algunos años en los que me ha sido imposible estar, vamos a casa de mis abuelos a recoger lo que sus majestades hayan querido (o podido) dejarnos de regalo. Ya hace bastante tiempo en que aparecen mágicos sobres blancos, pequeños, en la repisa de la chimenea. Uno para cada hija, uno para cada nieto.
La verdad, y aunque pueda sonar pretendido y adornado, es que lo que haya dentro del sobre me da exactamente igual. Lo que me importa es que allí está mi nombre escrito con la caligrafía de mi abuelo, un año más, y que, por tanto, él sigue allí, en su casa, y sigue acordándose de cómo sostener un bolígrafo y trazar con sus manos, que tanto han trabajado, las líneas que forman las letras que su hija un día me enseñó a escribir para formar mi nombre. Y me emociona.

Este año también me emocionó ver cómo mi abuelo se probaba una chaqueta polar azul tras abrir uno de sus regalos. La torpeza latente de la edad en sus movimientos al ponérsela, la vejez rodeando todo su cuerpo sin que haya abrigo que lo resuelva, el peso maldito del tiempo que nos coloca una soga en el cuello y nos va impidiendo respirar. Y yo aguantaba la respiración para no mostrar la ansiedad que me produce ver cómo las agujas del reloj se mueven ahora tan malditamente rápido.
Últimamente estoy pecando demasiado de vaciar de tanto en tanto mi alma aquí, mis propias experiencias tal cual, sin distorsionar. Supongo que hay cosas que son demasiado puras, emociones que no soy capaz de disfrazar y que necesito soltar, porque lo que en realidad me gustaría sería escribir todo este texto a mano y regalárselo a mi abuelo, ir a su casa sin que sea 5 de enero y leerle lo que siento al ver cada año un sobre con mi nombre escrito con su caligrafía de rey. Pero no puedo. Decirlo sería concederle una victoria a la muerte, reconocer ante ella que le tengo miedo, recalcar un paso del tiempo que no quiero asumir y las despedidas que no quiero que lleguen nunca, y romper a llorar delante de mi abuelo. Y no puedo.
Seguiré escribiendo aquí, con fuente Georgia, tamaño 16, fría, plana, anónima, las sensaciones que no quiero que pasen de mi mano al papel para que no pulsen sus latidos en él, y que así no tengan la posibilidad de morirse jamás.

10 comentarios:

  1. ¿Hablamos de sensibilidad y de ternura, Patricia :)?
    He disfrutado tu texto, escrito tan desde lo profundo. Tengo una amiga que aún sigue escribiendo cartas y postales a mano, con letra desigual, portadora de emociones. Yo también procuro utilizar mi vieja waterman, aunque cada vez me cuesta más encontrar recambios. Como tú, siempre tuve buena letra, aunque poco a poco se fue deformando, precipitándose como consecuencia de tomar apuntes durante la carrera. Solo un tirón (cariñoso) de orejas: escribe a mano a tu abuelo, dile lo que sientes al ver cada año ese sobre con tu nombre, seguro que lo emocionas. Soy abuelo y sé lo que digo, aunque mi nieto aún no sabe escribir. Un beso, escrito con Arial 12, lamentablemente, me gustaría escribírtelo con mi vieja waterman, como hace tu abuelo :)

    ResponderEliminar
  2. Creo que hacerlo no sería concederle una victoria a la muerte, sería aceptar simplemente que la muerte llega y cuando llega ya no hay oportunidad de hacer lo que no se hizo antes, pero cada cual lo vive a su manera y como quiere y sienta y todas son formas correctas de hacerlo.

    Recuerdo a mi abuelo escribiendo con las gafas puestas y caídas hasta la punta de la nariz, plasmando con cuidado cada letra, como un colegial que aprende caligrafía. Tardaba muchísimo en escribir cada palabra pero no había ni un solo tachón y recuerdo que lo que quedaba daba calor y me hacía sonreír al verlo. No fue demasiados años al colegio pero los suficientes para ser el único que sabía escribir de su compañía en plena guerra civil y el que escribía las cartas al resto.

    A veces contemplamos poco este tipo de detalles y vivencias pero me ha gustado leerte y recordarlo, conservo un cuaderno mío con la tira de años, con la primera historia que debí escribir, la caligrafía es horrible y desordenada, se ve como empiezan todas las palabras con una pulcritud que da gusto pero según pasan las líneas y el cansancio de la mano aumenta las letras se van separando, agrandando, encogiendo, creo que fue ahí donde empecé a caminar en esto de las letras y si no fue ahí, es lo único que conservo y, como los recuerdos no son lo que pasó sino simplemente lo que recordamos, me gusta recordarlo así.

    Gracias por salirte de vez en cuando de las distorsiones y dejar partes de esos pensamientos y vivencias tan hermosos.

    Salud.


    ResponderEliminar
  3. Veo el título y esta palabra "Caligrafía" me trae un montón de recuerdos: mis primeros intentos, como casi todos creo, de dejar mi nombre, mi huella. (no te quejes, el mío es más largo aún :D pero con esta letra que siempre me ha encantado: mi "Ç" y que muchas veces he utilizado de firma) Y luego otros recuerdos: de mi época de maestra cuando guiaba las manitas de mis "niños prestados" y años después las de mis niños-hijos. ;)
    Y aunque parece que dudas del valor de la grafología, te puedo asegurar que (si no de esta forma simplista con la cual se presenta a veces), ya desde la más tierna edad, el trazo que deja el movimiento de nuestra mano, cuando ya ha pasado el cabo del aprendizaje de la caligrafía, cuando sale natural, sigue el de nuestra manera de aprehender la vida: lo he comprobado con los numerosos alumnos de varias edades que he tenido, te lo aseguro. Por eso cambia a veces tanto nuestra letra en la adolescencia sobre todo.
    Yo también soy muy sensible a la letra de los demás y también lamento que se generalice el uso del ordenador, hasta en los mensajes que se intercambian entre amigos o familiares con la excusa de la inmediatez versus la demora del correo tradicional. Y conservo montones de cartas y postales y cositas de toda mi gente: los poemas de mis hijos pequeños con sus faltas de ortografía y sus renglones bailarines me siguen emocionando como el primer día. Las dedicatorias de los libros. Las numerosas cartas de mis padres o de mi abuela. (que también era una reina para mí ;)
    Yo no soy abuela pero estoy segura de que me gustaría tener cartas de mis nietos como las tengo de mis hijos.
    Pero sin embargo, también entiendo tu pudor y tus reparos. Y puede que no te haga falta escribirle esta carta a tu abuelo para que sepa lo mucho que le quieres. A veces un simple gesto, una mirada, un mimo, una caricia en esta mano que tiembla al escribir tu nombre, puede transmitir más que lo escrito e incluso lo dicho con palabras.
    Él no puede ignorar que es tu Rey. Estoy segura de que desde siempre lo sabe.

    ResponderEliminar
  4. http://4.bp.blogspot.com/-zzHX9lhLD_c/VpIzHTJ1eoI/AAAAAAAAI3I/nAWbCGuHgr8/s1600/FullSizeRender.jpg

    ResponderEliminar
  5. Transcripción de un manuscrito (por parte de Melchor :-P) para que no se pierda:

    "No solo tienes la capacidad de escribir bien: tienes la capacidad de emocionar cuando eres tú la que se pone a salir de tu tinta.

    No sientas como límite lo que es un simple piso más en tu camino de escritura. No sientas como límite algo que simplemente forma parte de ti.

    Si te diere vértigo la reacción de la gente emocionada, aquí estoy yo para intentar despejar las nubes. Tienes que disfrutarlo y sentirte afortunada de tus buenos frutos.

    Sí, le puedes dar color a cada uno de los sentidos de cada palabra que escribes: traspasas, solo con bordarlo, a todoa lógica, dejando resurgir a quien te lee sus emociones, dejándole darse cuenta de sí mismo.

    Pd: yo también quiero ir a tus firmas de libros a conocerte.

    Fdo: Melchor. "

    ResponderEliminar
  6. A LAS MUY BUENAS TARDES de enero, Patricia!!! En primer lugar, felicitarte por la ternura y la sensibilidad con la que has pensado en tu abuelo a la hora de escribir este post. No sólo es precioso, es que además es humano, hermosamente humano. Y estoy seguro de que si se lo lees, o mejor se lo escribes a mano, le vas a dar una inmensa alegría de espíritu.

    Pero también coincido en el asunto de la caligrafía y esa maravillosa connexión que se establece entre el alma y el papel, siendo los intermediarios la mente y la mano. Me encanta la escritura a mano, y de hecho mi esposa cuenta con muchas libretas (de esas chulas que se parecen a libros bellamente encuadernados) repletas de cuentos, poemas y hasta algún ensayo hecho con su bellísima letra (bueno, a mi me encanta, jajajajajajaja... A modo de ejemplo, ese letrerito que pone "Los Taberneros" y con el que solemos acabar los posts, es su letra, aunque le saqué una foto y luego, con el editor del móvil, pues la recorté y le di un fondo como de papel antiguo que también hizo que el trazo fuera un poco más grueso que en el original) Y las cartas de novios, perfumadas y todo, bueno, QUE ES MÁGICO ESTO DE LA ESCRITURA A MANO, jajajajajajaja... Mi letra ya es un poco más corriente, o bastante más si me apuras, pero desde hace un tiempo también me he aficionado a escribir a mano en libretas y, qué duda cabe, nada que ver si lo comparas con estos tipos de fuentes que ofrece la virtualidad. En resumen, que jamás la tecnología podrá igualar, ni siquiera de lejos, el calor que desprende una letra cuya tinta está hecha con el alma y el corazón del escribiente.

    Chapeau por el post!!!

    Un besazo!!!

    ResponderEliminar
  7. La tinta ha de ser cambiante, como la vida, si no, no nos vale. Y disfruta de esas cosas demasiado puras Patri, son las que realmente valen la pena.
    Distorsiona, amolda, escribe con pluma, con boli, con teclado... pero sigue escribiendo.
    Un besazo guapa :)

    ResponderEliminar
  8. Encantador y lleno de sensibilidad. Estoy de acuerdo contigo, perdemos nuestra identidad con la tecnología, a mi me encantan los manuscritos, las cartas de puño y letra.Yo empece a escribir con la muerte de mi abuelo, le escribía cartas contándole mi día a día, estuve así desde los doce años que él se fue hasta los 16 que ya empecé a expandirme con la prosa en otro tipo de composiciones. Así que ya ves Patricia, la muerte tiene algo profundamente bello y poético, no hay que temerla aunque se lleve a nuestros seres queridos, disfrútalo y dale todo el cariño del mundo, por mi experiencia te digo que siempre habrá tiempo de escribirle cartas...Siempre cielo :)

    Abrazo enorme!

    ResponderEliminar
  9. Muy entrañable y, como siempre, muy bien escrito, Patricia. Muy bien llevado lo que dices y lo que no dices...

    Tu decisión de no enseñarle a tu abuelo las letras de tus sentimientos es muy razonable... yo celebro que las muestres aquí. Y que tod@s nos sintamos ensanchar un poquito... :)

    Besos,
    Andoni

    ResponderEliminar
  10. Para todos:
    Siento mucho contestar un mes después, pero, literalmente, no he tenido casi tiempo ni de dormir. Os agradezco infinitamente a todos que me leyerais y que encima, me contarais cosas personales y vuestra opinión sobre un texto que es muy importante para mí.
    Ni siquiera tengo tiempo ahora de escribir nada más para el blog, pero es que, me gusta demasiado esta entrada y no sé si seré capaz de escribir otra que pueda sustituirla para aparecer como primera en el blog.
    Ahora en un rato os contestaré uno a uno, que ya es hora y lo merecéis.
    Abrazos y gracias siempre :)

    ResponderEliminar