viernes, 20 de noviembre de 2015

Siempre nos quedará París

La mujer se levantó del sofá para preparar más té; la primera tetera se había acabado y yo no había sabido disimular cuando ella me había preguntado si quería más: dije que sí. Me encanta el té moruno, es sin duda mi infusión favorita, y el más bueno de todos es el que prepara un marroquí. Lo consumen casi desde que nacen, aprenden a prepararlo desde muy jóvenes, y lo hacen durante toda su vida, a diario. Les sale, por supuesto, de manera especial. Con tantísimo sabor a hierbabuena, dulce, dulcísimo, a la par que los dulces bañados en miel que siempre lo acompañan, con forma de triángulo y rellenos de almendra, o rollos retorcidos crujientes, o tortitas esponjosas que untan con más miel. Dulces. Dulces como el ambiente, como el hogareño suelo lleno de alfombras de colores vibrantes, como el niño y la niña de ojos enormes y brillantes que me miraban con interés, como las historias de un lugar lejano que contaba el anfitrión, como el paquete de hojas de té verde que me regalaron. Todo en aquella jornada fue dulce. Hasta que el sol se acostó tras las montañas y volví a mi casa, llena de azúcar y de sensaciones buenas que se expandieron por mi cuerpo y anidaron allí varios días. Vuelven a mí cuando las recuerdo.

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La mesa del desayuno siempre era un espectáculo. Los cinco días que pasé en aquella casa de la campiña francesa amanecieron igual. Era un despliegue magnífico. Panes tostados, mermeladas y confituras de muchos sabores, galletas, cereales de varias clases, queso y jamón (no serrano, pero algo era), frutas, zumos, leche, y un montón de cosas más. El primer día me sobrecogió un cierto agobio. No sabía por donde tirar. Vi una caja de algo que supuso mi salvación en pleno desconcierto ante tanta opulencia. Era un cruce entre bizcocho y galleta, alargado, relleno por el centro de chocolate. Me zampé media caja y me bebí dos vasos de leche mientras la madre me sonreía desde la cocina. Su pelo trenzado se recogía en la cima de la cabeza y parecía que llevara un cesto de madejas de lana gris sobre ella. El padre desayunaba conmigo en la mesa, un Santa Claus francés que bebía café y se sonrojaba. Sara le rascaba la tripa a su gato y masticaba tostadas. Aquellos desayunos fueron felices, y dulces. Muy dulces. Sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que los escuchaba hablar y los comprendía, y a mí, más que hablarme, me susurraban con cariño. Dulces, muy dulces. El último día lloré al despedirme.

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Hacía un frío tremendo fuera, pero en el tren se viajaba caliente. Era uno de dos plantas, de esos que hacían a diario mil veces el recorrido Brussel-Leuven y que tenían algunos vagones atípicos: en lugar de llevar los asientos de frente o de espaldas a la dirección del recorrido, eran laterales, de manera que había dos filas enfrentadas. Yo me dedicaba a estudiar a los viajeros que tenía delante durante los aproximadamente veinticinco minutos que duraba el recorrido. Aquel día había una chica que llevaba los muslos envueltos en papel transparente, bajo el cual se veían dos nuevos grandes tatuajes; un hombre joven que escuchaba música con unos cascos escondidos bajo el gorro; un par de chicos que comentaban en voz baja algo que yo no lograba descifrar; una señora con bolsas; y, justo en frente de mí, una chica de mi edad con velo. Después de analizarlos con disimulo, me acomodé en el asiento y me relajé, hasta que me sacó de mi ensimismamiento con grandísimo sobresalto un soberano estornudo que procedía de dos asientos a la izquierda de mí. Di un brinco en el asiento pasmada y, al levantar la vista durante el movimiento, vi que la chica del velo actuaba de espejo y se sobresaltaba a la vez que yo. Fijamos los ojos la una en la otra, respirando fuerte, aún sobrecogidas del susto, y sin mediar palabra (tampoco nos hubiéramos entendido) nos echamos a reír. La risa. Eso lo entiende todo el mundo. Tenía una mirada y una sonrisa dulces. Fue una sensación muy agradable, en aquellos días en que me sentía, más que nunca, ciudadana del mundo.

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El viernes 13 de noviembre de 2015 me llegó, a eso de las once de la noche, un mensaje al WhatsApp. Que si había oído lo de París. Yo estaba tomando una cerveza con un amigo y por tanto no estaba muy pendiente del móvil; lo dejé pasar, después buscaría qué había pasado. Una hora después recogí a mi hermano para volver a casa. Cuando íbamos andando hacia el coche me preguntó que si había oído lo de París. Joder con París. ¿Qué ha pasado?, pregunté. Y entonces me lo contó. Abrí Twitter inmediatamente para ver qué más se sabía en ese momento. Barbarie, horror, terror, locura, miedo. Yo también sentí miedo. Llegamos al coche, introduje la llave en el contacto y encendimos la radio para seguir oyendo las noticias. Mientras conducía y escuchaba con pavor cómo hablaban de la situación de los rehenes, me pareció sentir un leve ruido metálico. Se lo dije a mi hermano; él no había escuchado nada. Llegamos a casa y cuando paré el motor y saqué la llave, noté que el llavero no estaba. Eso era. Joder. Me recorrió un escalofrío. La figura del llavero se había soltado y estaba a mis pies. El llavero de mi coche es una pequeña torre Eiffel que compré la última vez que estuve en París, de ésas que te malvende un pobre inmigrante, tres por un euro, a los pies de la estructura. Juro que pasó así y que era la primera vez que se soltaba. Soy una persona racional, pero creo en las señales. Y aquella noche me acosté a las mil viendo el canal 24 horas, me enteré casi en directo del asalto a la sala de conciertos y del número de víctimas que iba pasmosamente creciendo, y me dormí desesperanzada, mientras el llavero de la Torre Eiffel, que al día siguiente se convertiría en el símbolo de la paz, me miraba sombrío desde la mesa. ¿Dónde estaban las llaves para abrir el candado que había encerrado a la humanidad esa noche? ¿Dónde?

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Mucho se ha escrito y se escribirá sobre estos atentados, y yo no voy a inventar nada nuevo que decir. Tampoco voy a ser una bárbara que pida venganza y exija que se les devuelva lo mismo, que quiera que bombardeen de vuelta como ya han hecho y harán, y desee que sigan jugando a la guerra, mientras los inocentes mueren y los poderosos pulsan el botón desde su sillón, como siempre. Tampoco voy a ir de entendida de algo tan complejo que no acierto a vislumbrar ni la punta del iceberg, aunque pienso que si se hurga un poco en la historia se encuentra el verdadero origen de esto, la semilla que una vez más se regó con dinero, armas y petróleo; esos poderosos pulsando más botones desde sus sillones y riéndose de todos nosotros. Tampoco quiero ser una hipócrita, y no reconocer que a mí también me da miedo y que yo también me pregunto cómo podríamos ayudar a todos esos refugiados si nuestro propio país está lleno de inmigrantes y españoles en condiciones de pobreza; pero sé que esa gente viene huyendo de algo que el mundo ha desatado, y sé que las fronteras existen por motivos políticos y económicos, y no humanos, y que esta situación es insostenible y vergonzosa. Sí querría decir, ya que estoy soltando el lastre que he macerado estos días en los que me hierve la sangre, algo que ya se ha dicho hasta la saciedad y que nunca parece ser suficiente: todos somos iguales. Igual de vulnerables, igual de débiles, igual de frágiles. Todos tenemos los mismos derechos. Y los mismos deberes. Fanáticos los hay de todas las religiones; de todas. Gente buena, también. Pero tampoco hay que ser ingenuo: no podemos esperar que un niño adore Europa si ve cómo sus padres y él son echados a patadas, que no nazca odio de él si vive cómo un misil americano destroza su país, que no se aferre al Corán si es lo único que tiene. Pero esto no justifica nada, no hay nada que justifique lo que ha pasado en Francia, en Siria y lo que va a seguir pasando. Y yo, por supuesto, no sé cuál es la solución. Sólo puedo informarme, enfadarme, entristecerme, y escribir.

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A veces me pregunto si la especie humana es sólo una.
Los asesinos que sembraron el terror el pasado viernes, ¿son de la misma especie que la familia musulmana que compartió conmigo su té y sus historias; son de la misma especie que Sara y sus padres, quienes me mostraron la hospitalidad francesa dándome su techo; son de la misma especie que la chica que mezcló su risa con la mía sin importar que su pelo estuviera cubierto y el mío no?
No. No son de la misma especie.
He vuelto a enganchar el llavero de la Torre Eiffel; he vuelto a evitar ver el telediario estos días para intentar desintoxicarme un poco de tanto odio y tanta desolación; he vuelto a soñar con la libertad, la igualdad, y la fraternidad.
Este texto empezó muy dulce, pero acaba muy amargo. El té que me estoy tomando necesita mucha más azúcar, el mundo necesita más dulzura y más paz.
¿Siempre nos quedará París? 
Sí. 
Siempre nos quedará París.

15 comentarios:

  1. Hago mía cada una de tus palabras y si me das tu permiso, las difundiré alrededor mío.
    La nieve de mi bolita de plástico donde luce una Torre Eiffel para niños, se ha vuelto gris y ha perdido parte de su agua pero su faro sigue por encima de todo.
    Más envolvente que nunca mi abrazo de hoy.

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    1. El permiso es tuyo, y el honor es mío, Fran :)
      Gracias por ese abrazo tan necesario, otro para ti, y para Francia, ahora que se cumple una semana :(

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    2. :'( Acabo de ver tu blog y me has emocionado, gracias de corazón. Seguro que todos nuestros sentimientos hacen que el faro siga brillando siempre. Abrazo de lechuza ululando :) :) :)

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    3. He vuelto a abrir mi ventana por este aire tan respirable y tu perfume a hierbabuena. ;)
      Gracias a ti.

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  2. Creo que nadie que mata a otro, sea donde sea, está a la misma altura humana, y eso es todo lo que tengo que decir.

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  3. Lo que no se puede hacer es combatir a esos salvajes haciendo salvajadas: bombardeando sin ton ni son no se sabe qué y provocando otros cientos de víctimas inocentes ¿Por qué no se destrozan entre ellos, los dirigentes, y dejan en paz a la población civil? Saldríamos todos ganando. Y luego esta la "teatralización" de los atentados que convierten los medios en reality-shows, en una indecente pelea por las audiencias. Eso sí, en diez días nadie hablará del atentado de París (como ya no se habla del avión derribado hace unas semanas sobre el Sinaí, que provocó el doble de muertos que el de París). A la espera del próximo. Y por supuesto, el pueblo musulmán, del que me siento muy próximo, nada tiene que ver con estas bestias movidas solo por el odio.

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    1. Exacto exacto exacto... cuando el sábado veo por la noche lo que había mandado Francia (junto con EEUU, Obama, yes we can!) a Siria... no me lo quería creer. Y lo de las televisiones, como dices, la mayor parte de tiempo es puro espectáculo, buscando como siempre el morbo y el sensacionalismo. Me pareció repulsivo el tono de crónica rosa que utilizaron en tve, narrando la vida del español fallecido con las imágenes de su aparición en Españoles por el mundo. No sé, no sé....

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    2. Totalmente de acuerdo con los dos.
      Un beso para cada uno :)

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  4. Buenas noches, Patricia. Efectivamente, no son de nuestra especie. Y creo que mejor no me extiendo en el comentario.

    Un fuerte abrazo

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    1. No lo son... :(
      Otro abrazo Valaf, gracias por pasarte siempre.

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  5. Espero que tanta locura termine de una vez...
    Un beso.

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    1. Yo también lo espero, Laura. Bienvenida, y un abrazo :)

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  6. El mundo es complejo, las ramas-actos de cada uno están controladas por unos sentimientos que beben de las influencias de los intereses propios de demasiadas personas atadas a sobresalir (como un niño pequeño intenta llamar la atención, pero con un arma) en este mundo que a cada minuto se acaba. Los medios, la falta de cultura y las armas son los caleidoscopios que se le ponen al ciudadano común para que no se dirija a encender una vela en cada falta de amor que le sucede alrededor. Todo lo que sale en la tele contiene algo de una mentira: contiene algo de artificial. Una bandera también es algo artificial que solo sirve para etiquetarte distinto de quien es igual que tú.

    El texto me ha ido partiendo en 6 trozos el ánimo y por entre medias lo he rodado al suelo junto con el llavero y con cómo te sentias. Porque yo tengo la suerte de conocerte y solo tengo que trasladarme a cómo eres para sentirte. Porque está tan bien escrito que lleva al lector al sentimiento de cada escena sin importar el color de la piel de quienes las forman.

    ¿Te acuerdas de lo que era "desalambrar" ( http://wp.me/p3yeIX-bh )? Se nos ha olvidado, pero todo es lo mismo. Esta mañana, de sábado 21 de noviembre, me he despertado en la radio con la noticia de que en ese momento había 25 personas atrapadas en lo alto de la valla de Melilla; no sé cómo ha acabado la cosa, porque en las noticias del mediodía nadie ha dicho ya nada. OLVIDAMOS. El monumento de Atocha está roto, los cadáveres de los que se hunden en el mar están perdidos... La guerra existe porque nunca ha dejado de ocurrir desde que existen fronteras: desde siempre.

    ¿Qué hacemos? Yo por lo menos pienso seguir poniendo, a pesar de mis defectos, una vela en mi interior a cada alma de cada pobre por el que puedo, y pienso seguir intentando amar hasta el extremo a quien puedo amar, aunque termine en un fracaso social porque eso, ni da dinero, ni sale en los medios, ni es atractivo (porque cuesta y duele el esfuerzo). Esa es mi única religión: amar.
    ¿Qué es la paz? La paz es el suelo que posibilita a la persona ser capaz de concentrarse en su amor, sin tener que hacer caso primero a su instinto de supervivencia más primario.

    Podría estar escribiendo mil años seguidos sobre esto. Gracias por poner tus deseos de paz en forma de letras. Gracias de corazón.

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    1. Gracias a ti por abrir aquí el tuyo.
      ¿Qué hacemos? Desalambrar...desalambrar la guerra y la injusticia con palabras :)
      Un abrazo enorme JJ.

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