miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sidi Ifni

Crecí en las rodillas de mi abuelo escuchando fábulas de animales y cuentos fantásticos, y esa es una larga historia que merece ser contada con más calma y detenimiento. Cuando yo cambié y cambiaron mis circunstancias, es decir, cuando me aumentaron los años y a él le pesaban más, los cuentos infantiles terminaron y esa nostalgia de la niñez me invadió aún sin yo saberlo. Sin embargo, mi abuelo es un contador de historias nato, y al pasar los lustros, un día me di cuenta de que, sin quererlo, en realidad quizá me había estado relatando sus propias vivencias, si bien adornadas y hechizadas. Entonces me propuse abrir más las orejas y hacerlas tan grandes como las del lobo que se come a la abuela, y así devorar yo al mío a fuerza de escucharle siempre que pudiera. Por eso, puedo hacerme ahora eco de algunas maravillas que sin la memoria de nuestros mayores no conoceríamos, no con ese lado humano y entrañable, no con ese olor a anciano pero a la vez a tan joven, no con ese brillo en los ojos que sólo tienen los que cuentan una historia real vivida en las propias carnes.

Contaré entonces hoy el cuento de cómo mi abuelo cumplió el servicio militar en plena África, en una ciudad llamada Sidi Ifni, en la costa sudoeste de Marruecos a la altura de las Islas Canarias. Habían empezado los sesenta y Santa Cruz de la Mar Pequeña se mantenía como capital de aquel territorio español de nombre con sonido egipcio: zarandeada entre manos españolas y marroquíes durante toda su historia, con incluso una guerra de por medio, en el cincuenta y ocho había sido Ifni finalmente bautizada como provincia española de ultramar, y Sidi Ifni su centro capital. Allí se plantó después de muchos mareos en barco mi abuelo, con el cargo de asistente de teniente. Me gusta imaginar que ondeaba la bandera mecida por la brisa Atlántica, con los dos peces y la palmera coronada por la Luna, cuando mi abuelo pisó puerto. Si aquel era territorio español, no debía parecerlo a primera vista, un paisaje sembrado de mezquitas y detalles árabes. Pero conforme se adentraran en la ciudad, descubrirían la Plaza de España y la arquitectura de estilo andaluz, oirían sonidos castellanos a la par que musulmanes. Seguramente, al fin y al cabo no somos tan distintos.
Avanzarían los meses de servicio militar lentos y pesados para él, con mi abuela esperándole y la distancia echándose encima. Pero conozco ciertas anécdotas, de las seguras miles que vivió, y eso me hace sonreír divertida pensando en un abuelo joven y fuerte, envasando experiencias en frascos de recuerdos para luego contar a sus nietos.

Me sitúan las palabras de mi abuelo en los dormitorios de los soldados, con él de pie aguantando el tipo en mitad de la madrugada, más real que imaginario, cumpliendo guardia en las imaginarias. Le tocó varias veces tragarse aquellas noches en vela porque se le metió entre ceja y ceja a un sargento, de esos cascarrabias, enfurruñado por el trato amigable que le dispensaba a mi abuelo el teniente bajo cuyo mando estaba.
Al ser su asistente, tenía que atenderle en las tareas personales y ocuparse de los asuntos que requiriese, como por ejemplo, lustrarle los zapatos o hacer la compra. Así se beneficiaba mi abuelo, previa autorización amable de su teniente, de los descuentos reservados a más altos cargos. Iba al supermercado del cuartel, montado en una tienda en pleno suelo marroquí, y junto a los productos para su mandatario se procuraba para sí mismo buenas latas de calamares en su tinta y pan, guisos en conserva y otras exquisiteces vetadas para los bolsillos pobres del ejército raso. Sin ostentación ni fanfarronería, mi abuelo daba cuenta de sus alimentos en el comedor junto al resto, y ver las buenas cosas que podía comprar hacía rechinar los dientes al sargento de turno, que con rabia y desdén le mandaba entonces a encargarse de las temidas imaginarias, que escapaban de la obligación de un asistente de teniente.
Hasta que un día mi abuelo se cansó y, animado por sus compañeros, contó a su superior como un niño a su maestra el trabajo injusto al que estaba siendo obligado. Pero el sargento, empecinado, siguió haciendo de las suyas un poco más, con la sorna de los que se creen por encima de otros. Sin embargo, aunque en otras esferas no, en el ejército la frontera de éstas está bien delimitada, y como sargento va por detrás de teniente aunque empiece con s, mi abuelo no tuvo que tener más insomnios y siguió masticando calamares en Sidi Ifni mientras el otro fruncía el ceño, vencido, y el océano Atlántico se llevaba los murmullos de unos cuantos españoles perdidos en viejas literas, con fotografías de mujeres hispanas y morenas bajo el colchón.


Sonrío al imaginar la escena, los colores azules, amarillos y naranjas del lugar, las palmeras y la arena, los tonos mustios de sus uniformes y los rostros compungidos, las espaldas rectas, más convencidas que la voluntad, firmes por cumplir con una patria a la que ya sólo le ponían nombre, y echando de menos su hogar. Pero devuelvo la curvatura de mis labios a una línea al darme cuenta de que es una escena que se repite, y no en una sala de cine, sino ahora mismo, en muchas guerras, en muchas ciudades, en muchas batallas de antemano perdidas. Mi abuelo volvió, sano y salvo, lleno de historias y de cicatrices bajo la piel. ¿Qué cuentos contaron a sus nietos aquellos abuelos que no lo hicieron?

4 comentarios:

  1. Entrañable...
    Yo no conocí a mis abuelos. Mi abuelo materno se fue antes de poder entender yo los cuentos que quizá me habría contado y mi abuelo paterno fue de los que no volvieron del campo de concentración donde mataron sus sueños de Resistencia. Para mí, son fotos en blanco y negro, solamente teñidas con los retazos de los colores de la memoria de sus hijos.
    Transmitir esos recuerdos tal como lo haces, hace que sigan un poco vivos.
    Un texto hondo, entrañable.
    Abrazote grande.

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    1. Eso me resulta muy triste de leer :( Tantas vidas truncadas.
      Gracias por leerme y por compartir también tu pasado, ojalá pudiéramos verlo a través de una mirilla y emocionarnos.
      Un beso desde Lorca :)

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  2. Esos colores del Sáhara, que solo recuerdan explícitamente las lagartijas en sus historias (la selva también podría hacerlo, pero murió), los recuerdas conociéndolos tú porque están en tus genes. La luz vive en los genes como ésta mira a las plantas que crece. Las historias van de boca en boca y de mano en mano ,perdiendo la calidad original que la luz les dió al crearlas en piel, hasta que un día desaparecen; pero no es así del todo: quedaron en los genes impresas desde un principio por la luz también. Y aunque los genes estén bajo contraseña, los colores de las historias se desbordan por el subconsciente de ti. Por eso puedes ver los colores saharianos en tu mente y decirnos en una frase que los sientes como son (cómo son es imposible de contar con otra cosa que no sea luz del Sol).
    Nuestra historias de la historia desde nuestro punto de vista son iguales en color a todas las del resto de hermanos. Todas las rodillas que sujetan a los germinados (verdes de esperanza) de esta tierra, que maltratamos otoñándonos en sociedad, tienen los mismos huesos: solo hay un Sol, solo hay un Amor y solo hay una gama de colores.

    PD1: Desnudar de artificios (que pasan de moda y no de civilización) las historias de la historia para ver los niños que no debemos dejar de ser nunca, es tan necesario como el amanecer para la literatura de la carne de nuestros descendientes. Y si esta frase de antes parece muy cargada y no la desnudo es por deferencia a lo desnudo de tu entrada. No te doy la enhorabuena porque no te hace falta: la vida ya te ha dado unas rodillas ;-)

    PD2: miro al cielo y veo (como se ve una cuchara en un vaso de agua) a nuestro hermanos de allí viviendo la vida con el mismo color que nosotros.


    PD3: este ha sido un comentario sustituto ( y muy probablemente defectuoso) del original que se perdió.

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    1. Como ya te dije, tu comentario es digno de ser una entrada, no me hagas sombra! ;) jajaja es broma poeta, gracias por percatarte de la desnudez y por valorarla, gracias por las enhorabuenas y por creer en mi "talento" :) Todo lo que dices es sabio y cierto, cuidemos de nuestros genes y escuchémoslos :)

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